martes, 15 de marzo de 2016

Escribiendo de corrido

Por primera vez siento que estoy demasiado bien en todos los aspectos de mi vida. No me puedo quejar de nada. Es más, justamente por eso debería cerrar este blog, porque ya no tengo de qué quejarme. ¿Debería disfrutar de este momento? ¿Y si de repente todo lo bueno se termina? ¿O es un rato llegó para quedarse por un buen rato? Siempre fui muy relajada, pero ocurre que ahora que tengo todo para relajarme no puedo hacerlo, porque tengo miedo de echarlo a perder. Igual se me ocurre pensar que la naturaleza del ser humano no es más que angustiarse en esta lucha contra el tiempo a la que llamamos vida. Esto de atentar contra lo efímero para convertirnos en eternos mediante actos, palabras, gestos. Así que reformulo: ¿debería relajarme sabiendo ya que nacimos condenados a sufrir de todas maneras? ¿O debería abandonar todo, ahora que sé que nacimos condenados a sufrir de todas maneras? Basta, basta de planteos existencialistas. Y de vueltas de tuerca a la Historia, ¡cómo me divierte imaginarme situaciones que jamás sucedieron! Por ejemplo, la otra vez me puse a pensar que si Rómulo hubiera caído ante Remo, Roma no sería Roma sino "Rema", y sus ciudadanos serían los remanos, lo cual me remitiría a hombres con manos gigantes, y por ende no podría dejar de pensar tal ridiculez cada vez que escuchara ese gentilicio. Es una maldición cómo me cuelgo formulando hipótesis absurdas en momentos de suspensión como cuando subo un ascensor de muchos pisos, o cuando espero en el andén a la mañana. La otra vez me colgué tanto que perdí el tren delante de mis ojos. Lástima que me la haya olvidado a los diez minutos, pero juro que era una teoría que iba a cambiar al mundo de una forma u otra. 

martes, 1 de septiembre de 2015

De almacenes, góndolas, y amor entre medio

Tengo la teoría -o más bien la certeza- de que el almacenero de mi barrio está enamorado de mi mamá. Pero no es un amor propiamente dicho, ni una atracción fatal (como puede ser el caso de mi depiladora con mi papá) sino más bien un suspiro, una visión idílica sobre su ser y la posibilidad de poder robarle, cada tanto, una sonrisa. Desde que nos mudamos a esta casa hace ya quince años, Héctor (reservo su verdadera identidad) la acomodó rápidamente entre sus clientas favoritas. Héctor es un tipo muy serio, parco, de expresión monosilábica, pero con mi mamá deja escapar una dosis de dulzura y amabilidad inesperada. Cuando ella lo visita y se acerca a pagar a la caja, en susurros él le confía los últimos chismes de los vecinos: quién se separó de quién, quién se accidentó, quién se fue de viaje y adónde, y hasta quiénes son sus deudores morosos. Lo cuenta de una manera muy discreta, sorteando toda la clase de códigos y gesticulaciones con las cejas para no ser entendido por nadie más; claro, ya dije antes que Héctor es un tipo serio. Y espera, a cambio, una cara de sorpresa por parte de mi madre que no tarda en llegar, aunque a los minutos se olvide de todo lo que él le ha dicho. Además, Héctor monitorea desde lejos todo lo que mi mamá va agarrando de las góndolas y le advierte luego cuáles productos bajaron de precio la última semana. El conoce perfectamente sus elecciones. Si mi mamá le pide una manteca, sabe que tiene que ser Sancor y no La Serenísima. Dudo que mi padre la conozca tanto. Y es celoso, muy celoso. Comprar en Carrefour para Héctor significa una traición, por lo cual ella tiene que andar haciendo malabares para descargar las bolsas rápidamente en mi casa sin que Héctor la espíe desde la esquina con un rostro decepcionado. En fin, tal atención le dedica Héctor a ella que cuando fue el boom de las galletitas Toddy, por ejemplo, él le encanutaba un par de paquetes antes de que pudieran desaparecer: "Te las guardé para vos... María Teresa...". Le encanta llamar a mi mamá por el nombre completo, como si se tratara de una escena de una telenovela mexicana. Ese tipo de gestos son sus pequeñas y cotidianas declaraciones de amor que mi madre, distraída por naturaleza, va a dejar pasar inadvertidas hacia el río del olvido.
Cuando yo piso el almacén siento algo extraño, porque de vez en cuando me habla, me hace comentarios sobre el último partido de Banfield, me tira un chistecito. Y ahí nomás me siento como la hija de una madre separada a quien el nuevo novio está tratando de comprarse con algún encanto.
La otra vez fui a comprar una prepizza para la noche y algo para la mañana siguiente. Me atendió la mujer de Héctor (claro que tiene mujer), quien es un poco lenta para las matemáticas, y para todo en general. Le pedí tres leches y se tomó dos minutos para traérmelas. Literal. A veces siento que Héctor la menosprecia, o no la valora, o simplemente no le tiene paciencia. Quizás sea por todo esto de que está enamorado de mi madre.

-Lo tuyo es..... catorce...... más.... tres leches.....que son.... trece cada una.....
Héctor intervino desde atrás revoleando los ojos y con tono despectivo.
-Cincuenta y tres, Silvana. Cincuenta y tres. 


Con cara avergonzada, Silvana procedió a acomodarme los sachets de leche entera en una bolsa. Héctor le dedicó una mirada fulminante, y, tras un puñetazo inesperado contra el mostrador, giró la cabeza hacia su señora, y con su voz ronca lapidó a bajo volumen para no perder la calma:
"MARIA TERESA LAS LLEVA DESCREMADAS...".













lunes, 6 de julio de 2015

Recuerdo haber pensado esto

En principio, preferiría encontrarte en la calle por casualidad. Una casualidad netamente planeada, dirigida, pensada desde el momento en que saliste de la facultad. Disfrazarme entre la muchedumbre que compra artesanías en esa plaza con los skaters de fondo, con la vista baja frente a las mantas de collares de colores, divisando de reojo tu ambo blanco a lo lejos. Ese momento exacto en que la vida te distrae con los auriculares puestos, emprendo mi marcha y me choco de frente con tu paso siempre apurado, topándome de lleno con tu desconcierto.
O quizás llamarte y sólo escuchar tu voz, y cortar. Y volverte a llamar. Y volverte a escuchar. Y cortar. Y volverte a llamar. Y así, hasta lograr que alguna palabra acobardada escape por fin de mi boca.
O ir a algún recital al que vayas, conozco tus bandas. Y también sé que tu lugar es en el último cuarto del estadio, lejos de la topadora de gente que salta desesperada. Ahí nomás, buscarte entre las cabezas. Entre la oscuridad que me engaña, aprovechando los flashes de los reflectores que facilitan mi camino por fracciones de segundo, y al verte improvisar un tropiezo que sería muy natural en mí, y tirarte la bebida encima.
O simplemente sentarme en la esquina de tu casa, como hice durante años, con la ilusión de que esa reja negra se abra y no sea ni tu papá, ni tu mamá, ni tus hermanos yendo a taekwondo. Que al fin seas vos. Y que me mires ahí sentada, y sin miedo me reconozcas. Y que no haga falta decirte nada.
Y cuando por fin hablemos francamente, te voy a confesar que odio las excusas, pero a veces las necesito. Y te vas a reír, o eso espero.
No puede ser tan difícil invitarte a salir.

jueves, 14 de mayo de 2015

La batalla

Y de repente se acercan, al ritmo del clamor, los soldados de ese imperio que vos conocés bien. Son crueles como los asirios, guerreros como los aztecas, sabios como los griegos, exploradores como los vikingos, inteligentes como los babilonios, sanguinarios como los persas, fuertes como los francos y hábiles como los celtas. Se acercan a toda marcha por detrás de tus pensamientos y los atacan de manera feroz y sin pudor alguno. Y destruyen así tu imperio de sosiego, sueños, proyecciones y bonanza. Pero si sos muy tenaz, astuto y por sobre todo valiente, como los romanos, tus murallas de defensa no los dejarán pasar nunca; y desde lo alto de las torres lanzarás todo tipo de puntas. Y finalmente los verás morir algunos en el acto, y a otros alejarse con la cabeza gacha de cara a la frustración, para nunca más volver a enfrentarte. Que se vayan lejos, que desaparezcan... los miedos.

jueves, 26 de marzo de 2015

Volando alto


Es gracioso ver que cuando somos chiquitos, todo nos sorprende y parece asombroso. “¡Mirá, mamá! ¡Mirá ese auto!”, “qué flor más hermosa”, “esta torta es la más rica del mundo”, “mi papá es el más fuerte de todos”. Con el tiempo, nuestros ojos dejan de magnificar esos tiernos detalles, y corren su lupa a preocupaciones diarias que van apareciendo en nuestras vidas: un examen de matemáticas, una pelea con un amigo, un videojuego que queremos comprar, un viaje que queremos hacer. Ya no nos sorprenden los autos por la calle, ni pensamos que un postre rico es el mejor del mundo, ni nos detenemos a contemplar la belleza de una flor que forma parte del decorado del camino hacia nuestro trabajo. Porque no tenemos tiempo para detenernos ni ganas de contemplar, porque ya vimos demasiado, y ya nada es noticia. Crecemos y junto a nosotros crecen otras nuevas preocupaciones que se roban toda nuestra atención: organizar una fiesta, comprometerse con una persona, pagar una hipoteca, pedir plata a un tío, hacer trámites bancarios, tratar de evitar algo.
Y recién después de muchos, muchos (quiero decir muchísimos) años, cuando las arrugas invaden nuestro rostro y vamos cerrando todas esas cuentas pendientes que alguna vez tuvimos, nos encontramos de lleno frente a la vida otra vez, sin preocupaciones, planes ni tonterías que nos aten… como cuando éramos chicos.
Hoy a la tarde, mi abuelo vino a visitarme, y en un momento dado me llamó desde el jardín.
“Vení, ¡vení ya!”. Dejé la computadora y fui lo más rápido que pude hacia él, quien levantó la cabeza y señaló al cielo.
“Mirá ese avión… vuela altísimo! Ellos desde allá arriba nos deben ver como hormiguitas. ¿No?”.
Lo abracé fuerte, porque él no es demostrativo pero le gusta que lo abracen. Y lo envidié un poco sanamente, porque la mayoría de las veces que veo un avión ya no me pasa nada, y de chiquita me fascinaban. Y me asusta perder la capacidad de asombrarme de las cosas, de darlas por sentado, de tapar esa curiosidad innata con asuntos que ni siquiera son tan importantes.  Aunque viendo a mi abuelo sé que al final de nuestras vidas, afortunadamente no nos queda otra que hacernos cargo de toda la belleza que nos rodea. Y eso me deja tranquila.

lunes, 2 de marzo de 2015

En el Banco

Mientras el cajero me pedía claves e importes, escuchaba la conversación entre el chico que me sucedía en la fila con una asistente bancaria, quien indiscutiblemente había sufrido un flash amoroso con el pibe.
-Gracias, sos la primera que me atiende bien acá.
-Para eso estoy... ¿Y de dónde sos?
-De Adrogué, ¿y vos?
-Ah, ni idea donde queda...
-Es zona sur.
-Uh, pobrecito, ¡lejísimo! Yo soy de San Martín, zona oeste.
-Sí, conozco.
-¿Y trabajás acá en el centro?
-No, en realidad en Lanús, pero me vine a la central a hacer estos trámites. Me muevo mucho por Lanús más que nada...
-Ah, qué, ¿sos hincha de Lanús?
-Nooo, ¡jamás! Justamente de la contra... de Banfield

Dejé de tipear números. Me salió darme vuelta y decirle con descaro: "¡Yo también soy hincha de Banfield!". La gente de la fila levantó la cabeza para mirarme raro, como si fuese una chica con problemas sociales, y me avergoncé durante un eterno segundo en que el pibe tardó en responderme: "¿Si? ¡Vamos el Taladro!".
-Te juro que si decías que eras de Lanús, me cambiaba de fila- le respondí.

El chico se rió, la asistente nos miró como locos, y la gente de la fila se impacientó. Volví a mirar la pantalla y finalicé mi operación. El pibe lo sabe, y yo también: encontrarse con otro hincha de Banfield en Capital es como cruzarse a otro argentino en la India. Esas dulces casualidades en las que, de alguna manera, en cualquier circunstancia, un lazo inexplicable te ata a un extraño y es tu obligación hacérselo saber.

jueves, 5 de febrero de 2015

Conversaciones que no van a cambiar el mundo

Me gusta pasar la tarde en la pileta con amigos porque el agua pone a todos de buen humor. Y del buen humor sale la espontaneidad. Y de la espontaneidad salen conversaciones incoherentes. Nos pasamos como tres horas hablando incoherencias, como por ejemplo, qué tipo de pez seríamos cada uno, si fuéramos peces.

-Sole, vos serías...
-¡serías una raba!
-Seeee, totalmente, Sole es re una raba. 
-Heyy, no, ¿por qué yo sería una raba?
-No sé, sos muy raba

-mal...
-"La raba Coul", jajaja
Mis amigos me quieren, pero no estoy segura de por qué me ven como el 4 de Aldosivi.