lunes, 6 de julio de 2015

Recuerdo haber pensado esto

En principio, preferiría encontrarte en la calle por casualidad. Una casualidad netamente planeada, dirigida, pensada desde el momento en que saliste de la facultad. Disfrazarme entre la muchedumbre que compra artesanías en esa plaza con los skaters de fondo, con la vista baja frente a las mantas de collares de colores, divisando de reojo tu ambo blanco a lo lejos. Ese momento exacto en que la vida te distrae con los auriculares puestos, emprendo mi marcha y me choco de frente con tu paso siempre apurado, topándome de lleno con tu desconcierto.
O quizás llamarte y sólo escuchar tu voz, y cortar. Y volverte a llamar. Y volverte a escuchar. Y cortar. Y volverte a llamar. Y así, hasta lograr que alguna palabra acobardada escape por fin de mi boca.
O ir a algún recital al que vayas, conozco tus bandas. Y también sé que tu lugar es en el último cuarto del estadio, lejos de la topadora de gente que salta desesperada. Ahí nomás, buscarte entre las cabezas. Entre la oscuridad que me engaña, aprovechando los flashes de los reflectores que facilitan mi camino por fracciones de segundo, y al verte improvisar un tropiezo que sería muy natural en mí, y tirarte la bebida encima.
O simplemente sentarme en la esquina de tu casa, como hice durante años, con la ilusión de que esa reja negra se abra y no sea ni tu papá, ni tu mamá, ni tus hermanos yendo a taekwondo. Que al fin seas vos. Y que me mires ahí sentada, y sin miedo me reconozcas. Y que no haga falta decirte nada.
Y cuando por fin hablemos francamente, te voy a confesar que odio las excusas, pero a veces las necesito. Y te vas a reír, o eso espero.
No puede ser tan difícil invitarte a salir.

jueves, 14 de mayo de 2015

La batalla

Y de repente se acercan, al ritmo del clamor, los soldados de ese imperio que vos conocés bien. Son crueles como los asirios, guerreros como los aztecas, sabios como los griegos, exploradores como los vikingos, inteligentes como los babilonios, sanguinarios como los persas, fuertes como los francos y hábiles como los celtas. Se acercan a toda marcha por detrás de tus pensamientos y los atacan de manera feroz y sin pudor alguno. Y destruyen así tu imperio de sosiego, sueños, proyecciones y bonanza. Pero si sos muy tenaz, astuto y por sobre todo valiente, como los romanos, tus murallas de defensa no los dejarán pasar nunca; y desde lo alto de las torres lanzarás todo tipo de puntas. Y finalmente los verás morir algunos en el acto, y a otros alejarse con la cabeza gacha de cara a la frustración, para nunca más volver a enfrentarte. Que se vayan lejos, que desaparezcan... los miedos.

martes, 5 de mayo de 2015

Todos tenemos un pasado oscuro


Fluían mis catorce años y en el brote del capullo de mi adolescencia yo ya andaba con ánimos de suicidio. De verdad. No quería vivir más, no le encontraba sentido. Las únicas dos amigas de verdad que tenía se habían ido a vivir al exterior y yo me quedaba en ese colegio rebosante de gente altanera y arrogante en el cual no estaba dispuesta a encajar nunca. Entendí que me llevaría años volver a conectar con alguien como lo hacía con La Situación. No quería vivir más porque sentía porque la angustia me superaba día a día, y porque si realmente me suicidaba, a nadie más le iba a importar salvo a mi familia, o al menos eso me indicaba mi sentido de ética utilitarista. En ese momento, además, sufría de lo que ahora se conoce como “bullying”. Tenía terror de ir al colegio. Yo a los 14 era una piba tímida, retraída, buenaza, inocente (básicamente, todo lo opuesto a ahora). Y por eso resultaba blanco fácil para algunas de mis compañeras, especialmente para  una que me repetía incesantemente: “Para mí no existís, nadie sabe quién sos”. Tan así no sería porque la muchacha gastaba buena parte de su día pensando en mí, tirándome ironías, riéndose, y hasta dándome algún que otro golpe. No soy rencorosa pero me alegra saber que hoy por hoy la vida le está haciendo bullying a ella. El karma vuelve, ¿viste?
Mi mamá estaba preocupada porque todos los días me veía llorar, y yo mucho no le quería contar lo que me pasaba. Esa es una reacción típica de una persona víctima de este tipo de  situaciones. No lo contás por miedo a sentirte un pelotudo delante de tus viejos. Es una sensación horrible, y un miedo tan estúpido ahora que lo veo de lejos…
En fin, me cambié de curso para que no me jodiesen más, y finalmente me hice mi grupo de amigas. Al igual que yo, eran chicas tranquilas… y estaba bien, estaba cómoda. Pero no me identificaba con ellas. Simplemente no me desvivía por ningún ser humano. Si podía quedarme en casa sola un sábado a la noche, mejor. “Vuelve el plan suicidio”, pensaba.  ¿Sería yo el problema?

Y no fue un sábado a la noche, sino un sábado a la tarde que ahí estaba yo, tirada en mi cama, deprimida nuevamente, jugando conmigo mismo a un juego de palabras nerd que guardaba para mí. Y sonó el teléfono. El teléfono de línea, porque hasta  ese momento se seguía usando (me siento tan vieja...). “Soleee… para vos”, gritó mi mamá. Atendí y me saludó una voz cálida que de algún lado me era familiar. Una voz que, sin sospecharlo en lo más mínimo, había estado guardada durante muchos años para reaparecer en mi vida como una luz incipiente en medio de tanta oscuridad y vacío. Lo voy a dejar para otro post -porque no me gustan los posts muy largos- que se llamará algo así como “Sobre cómo una llamada por teléfono cambió mi vida”. Y a nadie le importará porque ya nadie lee este blog, ni lo comparto. Y podría ponerlo privado a modo de diario íntimo para mí, pero no sé por qué no lo hago… supongo que siempre habrá algún que otro curioso.

jueves, 26 de marzo de 2015

Volando alto


Es gracioso ver que cuando somos chiquitos, todo nos sorprende y parece asombroso. “¡Mirá, mamá! ¡Mirá ese auto!”, “qué flor más hermosa”, “esta torta es la más rica del mundo”, “mi papá es el más fuerte de todos”. Con el tiempo, nuestros ojos dejan de magnificar esos tiernos detalles, y corren su lupa a preocupaciones diarias que van apareciendo en nuestras vidas: un examen de matemáticas, una pelea con un amigo, un videojuego que queremos comprar, un viaje que queremos hacer. Ya no nos sorprenden los autos por la calle, ni pensamos que un postre rico es el mejor del mundo, ni nos detenemos a contemplar la belleza de una flor que forma parte del decorado del camino hacia nuestro trabajo. Porque no tenemos tiempo para detenernos ni ganas de contemplar, porque ya vimos demasiado, y ya nada es noticia. Crecemos y junto a nosotros crecen otras nuevas preocupaciones que se roban toda nuestra atención: organizar una fiesta, comprometerse con una persona, pagar una hipoteca, pedir plata a un tío, hacer trámites bancarios, tratar de evitar algo.
Y recién después de muchos, muchos (quiero decir muchísimos) años, cuando las arrugas invaden nuestro rostro y vamos cerrando todas esas cuentas pendientes que alguna vez tuvimos, nos encontramos de lleno frente a la vida otra vez, sin preocupaciones, planes ni tonterías que nos aten… como cuando éramos chicos.
Hoy a la tarde, mi abuelo vino a visitarme, y en un momento dado me llamó desde el jardín.
“Vení, ¡vení ya!”. Dejé la computadora y fui lo más rápido que pude hacia él, quien levantó la cabeza y señaló al cielo.
“Mirá ese avión… vuela altísimo! Ellos desde allá arriba nos deben ver como hormiguitas. ¿No?”.
Lo abracé fuerte, porque él no es demostrativo pero le gusta que lo abracen. Y lo envidié un poco sanamente, porque la mayoría de las veces que veo un avión ya no me pasa nada, y de chiquita me fascinaban. Y me asusta perder la capacidad de asombrarme de las cosas, de darlas por sentado, de tapar esa curiosidad innata con asuntos que ni siquiera son tan importantes.  Aunque viendo a mi abuelo sé que al final de nuestras vidas, afortunadamente no nos queda otra que hacernos cargo de toda la belleza que nos rodea. Y eso me deja tranquila.

lunes, 2 de marzo de 2015

En el Banco

Mientras el cajero me pedía claves e importes, escuchaba la conversación entre el chico que me sucedía en la fila con una asistente bancaria, quien indiscutiblemente había sufrido un flash amoroso con el pibe.
-Gracias, sos la primera que me atiende bien acá.
-Para eso estoy... ¿Y de dónde sos?
-De Adrogué, ¿y vos?
-Ah, ni idea donde queda...
-Es zona sur.
-Uh, pobrecito, ¡lejísimo! Yo soy de San Martín, zona oeste.
-Sí, conozco.
-¿Y trabajás acá en el centro?
-No, en realidad en Lanús, pero me vine a la central a hacer estos trámites. Me muevo mucho por Lanús más que nada...
-Ah, qué, ¿sos hincha de Lanús?
-Nooo, ¡jamás! Justamente de la contra... de Banfield

Dejé de tipear números. Me salió darme vuelta y decirle con descaro: "¡Yo también soy hincha de Banfield!". La gente de la fila levantó la cabeza para mirarme raro, como si fuese una chica con problemas sociales, y me avergoncé durante un eterno segundo en que el pibe tardó en responderme: "¿Si? ¡Vamos el Taladro!".
-Te juro que si decías que eras de Lanús, me cambiaba de fila- le respondí.

El chico se rió, la asistente nos miró como locos, y la gente de la fila se impacientó. Volví a mirar la pantalla y finalicé mi operación. El pibe lo sabe, y yo también: encontrarse con otro hincha de Banfield en Capital es como cruzarse a otro argentino en la India. Esas dulces casualidades en las que, de alguna manera, en cualquier circunstancia, un lazo inexplicable te ata a un extraño y es tu obligación hacérselo saber.

jueves, 5 de febrero de 2015

Conversaciones que no van a cambiar el mundo

Me gusta pasar la tarde en la pileta con amigos porque el agua pone a todos de buen humor. Y del buen humor sale la espontaneidad. Y de la espontaneidad salen conversaciones incoherentes. Nos pasamos como tres horas hablando incoherencias, como por ejemplo, qué tipo de pez seríamos cada uno, si fuéramos peces.

-Sole, vos serías...
-¡serías una raba!
-Seeee, totalmente, Sole es re una raba. 
-Heyy, no, ¿por qué yo sería una raba?
-No sé, sos muy raba

-mal...
-"La raba Coul", jajaja
Mis amigos me quieren, pero no estoy segura de por qué me ven como el 4 de Aldosivi.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Buenos Aires

"Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires", dice un viejo dicho. Resentido, por cierto. Pero verdadero.
Lamentablemente, pareciera que todo sucede solamente acá. Y lo digo con lamento porque siendo un país tan extenso y de una diversidad generosa, la atención se concentra en una ciudad minúscula en mayúscula, cuya vertiginosidad y ritmo acaparan todas las miradas y deja desdibujado al resto del territorio.
Ay, Buenos Aires...Vos no estás loca, es tu gente la que desvaría. La que te hace delirio, te construye grandeza, te juzga, te niega, te compara y te peligra. Pero qué lindas son tus calles, esas que esconden historias prensadas debajo de los adoquines. En tus esquinas descubro guiñ
os de París, Londres, Florencia, Barcelona. Sos una vorágine única de mundos ensimismados. Y tus plazas, tus barrios... tan distintos unos de otros. Porque puedo escuchar a alguien y reconocer, por su forma de hablar, si es de Almagro o de Recoleta.
Tus íconos. Todo empieza y termina en ese obelisco que representa a la perfección lo fálico de tu carácter. La calle Florida, esa pasarela majestuosa devenida en muestrario de arte kitsch en los últimos tiempos. Allí se puede captar la esencia del porteño, de paso apresurado y mirada alzada, pareciera que siempre está llegando tarde a algo. El ritual del celular al oído y la mano izquierda en el bolsillo. ¿Con quien habla? ¿Por qué grita? Sólo él lo sabe, y no lo comparte. Porque así somos los porteños. Ante todo, individualistas.
Tus galerías, tan imponentes, teñidas de Europa en cualquier detalle que encuentre. La Güemes de Cortázar; la Pacífico de las señoras adineradas que cubiertas de pieles espían de reojo su reflejo en las vidrieras; la galería Jardín, la preferida de los jóvenes, los que sabemos que sus secretos se esconden en el subsuelo.
Ay, Buenos Aires...Enamorarse de vos es un acto masoquista. Porque me das todo y me lo quitás en un segundo. En un tropezón te llevás mi paciencia, mi tolerancia, mi piedad, y mis ganas de superarte, a veces. Pero sin propósitos me regalás mucho más, a toda hora del día, porque si hay alguien que nunca descansa, sos vos.
Tratame bien, Buenos Aires. Conocí muchas ciudades magníficas en el mundo, y no encontré ningún reino como el que asoma en tus atardeceres de domingos a las siete.
A lo mejor esté equivocada, pero sé con certeza que sos algo distinto. Y sino, pregúntenle a Dios; por algo elije atender en Buenos Aires.



Parque Chas, mis callecitas preferidas
domingo en Palermo con amigas