jueves, 25 de octubre de 2012

La Situación, la ciudad y yo

Desde que La Situación llegó a Buenos Aires por trabajo, ya hace unos meses, fue mi perfecto salvavidas para el momento de angustia que estaba atravesando. No me despegué de ella. Salimos todos los fines de semana juntas, nos vemos durante la semana también, hicimos nuevos amigos, compusimos canciones, grabamos videoclips caseros, en algún punto le desperté pasión por la música, me vino a ver todas las veces que toqué en el bar de Plaza Serrano, me di cuenta que es la única amiga frente a la cual me animo a llorar, e irme a dormir a su depto los viernes ya se me hizo costumbre. Un sólo gesto de ella me alcanza para saber lo que diría en cuatroscientas palabras. Nos complementamos bien. Sinceramente, no sé qué voy a hacer cuando se vaya. 
La otra vez fuimos a ver a una amiga tocar en un club cultural (léase, un antro roñoso y con gente rara pero muy muy piola y entrada sin cargo). Después de volver loca a la cajera, nos pedimos algo de tomar y comer antes de que empiece el show. La Situación, cuando quiere, es bien hija de puta, y me encanta ese perfil suyo porque es el costado malo que a mí jamás me saldría pero que me gustaría tener eventualmente. No puede evitar analizar a cada persona que ve a su alrededor.

-Mirá qué linda esa chica...
-Es hermosa
-Mmm... no sé, ocho de diez.
-Nueve de diez.
-Es lesbiana.
-¿Cómo sabés?
-Por cómo nos mira. Mira con ganas.
-Para mí nos mira mal porque la estamos mirando...
-Sí, no sé, yo soy medio "ego" también, para mí todos me miran con ganas. Igual la otra que te dije era más linda.

Me río de su comentario, fue una buena autocrítica. Pero La Situación se puso seria, me miró con cara de aterrada.

-Sole.. ¿qué está pasando acá? ¿por qué siempre me traés a lugares donde hay lesbianas hermosas? ¡¡Me voy a terminar convirtiendo!!
-Jajaja, no seas exagerada, es sólo gente bohemia. Yo sólo te muestro el Buenos Aires under que oculta el Obelisco. No te vas a "convertir".
-Sí Sole... si vos me seguís trayendo a estos lugares raros voy a terminar así. Yo era una mina feliz, segura, en un país donde no tenía que pensar mucho... y vengo a esta ciudad y es todo revolución, nadie se casa ya, estás sola a los 30 y sos una copada, todos cuestionando todo, quejándose, todos piensan!
-Y sí, esta ciudad te hace replantearte todo, todo el tiempo, ¿viste?
-Es que sí, me estoy replanteando todo. Acá todos se rebelan, te cortan la calle todos los días, hasta el verdulero tiene su propio gremio! Yo era feliz sin pensar demasiado. Yo te aviso, cuando vuelva allá, me pongo de novia con M y me caso. Quiero estar establecida.

"Establecida". Qué palabra difícil para una ciudad tan complicada como esta, que todos los días te desestabiliza, te empuja, te corre, te lleva puesto, incluso cuando sentís que por fin pisaste tierra firme. ¿Será por eso que los porteños tenemos fama de amargados y tristes? Quizás La Situación tiene razón en eso de que viviríamos más relajados sin pensar tanto... si las mujeres acá nos casáramos todas a los 25 con un hombre que nos mantenga económicamente y todas nuestras aspiraciones se reducieran a ser madre de cuatro o cinco críos que van a vivir de rentas toda su vida, como suele ocurrir en el país donde vive ella. Pero, ¿seríamos de esa manera felices? Por lo menos yo no. Bienvenida La Situación a la ciudad de la furia.

jueves, 18 de octubre de 2012

Interrumpida

En el momento en que ayer pensaba que iba a ser un día como cualquier otro, debí haber recordado que en mi vida últimamente nada es rutina. Con la cabeza apoyada contra la ventana de uno de los últimos asientos del colectivo 33, venía pensando y tratando de no pensar. Uno siempre se autocuestiona todo en el colectivo, y más cuando tiene como celular un viejo Nokia 1100 que no te da vías de escape como internet, redes sociales, ni playlists, ni whatsapp. Esa es básicamente la razón por la que sigo teniendo este celular, porque cuido demasiado el mundo interno de las propias reflexiones. Recuerdo casi fotográficamente cuando estábamos girando por la rotonda de la Casa Rosada y se escuchan gritos desde el fondo del colectivo.

-¡Chofer, abra la puerta! ¡Se desmayó una chica acá! -dijo un pasajero de unos cincuenta años. Inmediatamente todos se dieron vuelta y el amontonamiento de gente fue tal que no me dejó ver a la chica, por más de que estuviera tan cerca. El necio del chofer, de lenta reacción, respondió que faltaba una cuadra para la parada. El enojo de los pasajeros no se hizo esperar y el chofer se vio obligado a frenar el colectivo antes de lo previsto.

-¡Salgan de alrededor, denle aire!, gritaba uno de los pasajeros, mientras abanicaba con algo a la chica.
-¡Todos afuera del micro! -dijo el chofer, por fin.

Antes de salir, alcancé a ver la cara de la chica: totalmente blanca, con los ojos cerrados, como si estuviera dormida. 
Nos bajamos los treinta pasajeros, y se quedaron sólo tres hombres arriba con la afectada. Me pegué a la puerta trasera del colectivo esperando noticias sobre su estado de salud, y ahí la vi mejor: era una chica de mi edad, pelos castaños desprolijos y transpirados, llevaba un morral con cuadernos. Me recordaba un poco a mí en épocas universitarias. Sentí un extraño lazo familiar. Los tipos trataban de reanimarla, pero no había respuesta. Se acercaron dos trabajadores portuarios que estaban en una manifestación y llamaron a una ambulancia.

-Fijate si tiene pulso -escuché que dijeron. Me asusté bastante. Estuvimos todos algunos minutos esperando. La chica no daba señales de vida. En ese momento, hubiera dado cualquier cosa por una reacción de ella. Ella, una extraña de mi edad, tendida ahí, que yo no conocía y ni siquiera advertí en todo el viaje hasta que la vi desplomada. Me acuerdo de la expresión de su cara, que si bien parecía sedada, me daba la sensación de que por dentro estaba gritando, desesperada. La veía tan cercana. Caí en la cuenta de que podría haber sido mi hermana, o una amiga mía, o incluso yo misma. Ese pensamiento me aterró.

-No entiendo para qué nos hicieron bajar, tendrían que haber bajado a la chica. Ahora quién sabe cuándo viene el próximo colectivo... -, se quejó una mujer mayor. Le dediqué la mirada más despectiva que recuerdo haber dado en toda mi vida. Otros hicieron lo mismo.

Volví a mirar a la chica, que seguía sin reacción alguna. Le habían levantado un poco la remera y desabrochado un botón del jean para que pudiera respirar mejor. Yo estaba tan nerviosa como un familiar que recorre de lado a lado la sala de espera del hospital. Vi a uno de los hombres que atendía a la chica hacer un gesto negativo con la cabeza y se me erizó la piel.

-¿Cómo anda la joven?- preguntaron desde el montón.
-Se está muriendo, señora -contestó un pasajero parado a mi lado. Un incomodísimo escalofríos invadió mi cuerpo

-¿¿Qué??- me salió preguntarle.
-Está toda pálida. TODA. Esa chica se está muriendo -reiteró, con una facilidad para decirlo que me sorprendió y me molestó al mismo tiempo.

Escuché varias hipótesis que se desprendían de los testigos. "¿Habrá sido un paro?", "Yo vi que se agarraba la cabeza todo el tiempo durante el viaje", "qué raro! tan jovencita, ¿no?". Por dentro yo estaba llorando. Estoy segura que, en ese momento, ningún pasajero tenía tantas ansias como yo de ver que esa chica saliera adelante. Se estaba muriendo delante de mis ojos. Imaginé a toda una familia destrozada, muriendo con ella, sin haberles ocurrido nunca pensar que un día soleado ella iba a salir de su casa para ir a la facultad o algún lugar de trabajo e inexplicablemente su cuerpo se iba a rendir en un viaje de colectivo. Una vida interrumpida.
 Fue un momento de los pocos en la vida en que la muerte se te para enfrente y espera a ver tu reacción. Miré a la extraña con toda la angustia que me pesaba y me mantenía parada ahí desde hacía quince minutos, pero en un click se me fueron los miedos. Le pedí en mi mente que volviera a la vida, que sea fuerte y no se fuera, porque todavía quedaba mucho. Y que, si desde algún lado me escuchaba, moviera la mano o abriera los ojos. Pero todo seguía tan estático. El tiempo detenido. Sentí cómo mis oídos se apagaban ante el bullicio de la gente que seguía asomándose. Seguí mirándola fijamente. De verdad me bañé en fe para que esa chica se reanimara. La gente ya la daba por muerta, pero yo no me movía del lugar. 

Y entonces sucedió.
Vi cómo pudo mover su mano derecha abruptamente, por sopresa. Incluso levantó un poco el brazo. Nunca sentí tanto alivio en mi vida. Me volvió el alma al cuerpo. Yo sonreía mientras la veía hacer bailar sus dedos tímidamente. Una mano tan llena de ganas, tan llena de luz, tan llena de vida. Inesperadamente, perdió agilidad y se quedó de nuevo inmóvil, pero el gesto ya estaba hecho. La señal había llegado, desde algún lado o forma que todavía no entiendo. Lo único que supe fue que una inolvidable energía positiva invadió el lugar en ese momento, y me dejó tranquila. Fue como si ella hubiese despertado sólo para dejarme tranquila. Porque, por más de que no pudiera saber cómo sería el final de la historia, sabía con toda seguridad que se iba a recuperar. Había pasado mucho tiempo, la ambulancia no había llegado y si yo seguía ahí iba a perder mi trabajo, así que decidí caminar hasta la próxima parada.

Y así me fui, silbando bajito, feliz, y pensando en unos posts que había escrito 
durante los últimos días sobre lo inevitable de la muerte y que estaban próximos a ser publicados. Pero no voy a publicar nada todavía. Creo que tengo que rescribir algunas cosas.