jueves, 18 de octubre de 2012

Interrumpida

En el momento en que ayer pensaba que iba a ser un día como cualquier otro, debí haber recordado que en mi vida últimamente nada es rutina. Con la cabeza apoyada contra la ventana de uno de los últimos asientos del colectivo 33, venía pensando y tratando de no pensar. Uno siempre se autocuestiona todo en el colectivo, y más cuando tiene como celular un viejo Nokia 1100 que no te da vías de escape como internet, redes sociales, ni playlists, ni whatsapp. Esa es básicamente la razón por la que sigo teniendo este celular, porque cuido demasiado el mundo interno de las propias reflexiones. Recuerdo casi fotográficamente cuando estábamos girando por la rotonda de la Casa Rosada y se escuchan gritos desde el fondo del colectivo.

-¡Chofer, abra la puerta! ¡Se desmayó una chica acá! -dijo un pasajero de unos cincuenta años. Inmediatamente todos se dieron vuelta y el amontonamiento de gente fue tal que no me dejó ver a la chica, por más de que estuviera tan cerca. El necio del chofer, de lenta reacción, respondió que faltaba una cuadra para la parada. El enojo de los pasajeros no se hizo esperar y el chofer se vio obligado a frenar el colectivo antes de lo previsto.

-¡Salgan de alrededor, denle aire!, gritaba uno de los pasajeros, mientras abanicaba con algo a la chica.
-¡Todos afuera del micro! -dijo el chofer, por fin.

Antes de salir, alcancé a ver la cara de la chica: totalmente blanca, con los ojos cerrados, como si estuviera dormida. 
Nos bajamos los treinta pasajeros, y se quedaron sólo tres hombres arriba con la afectada. Me pegué a la puerta trasera del colectivo esperando noticias sobre su estado de salud, y ahí la vi mejor: era una chica de mi edad, pelos castaños desprolijos y transpirados, llevaba un morral con cuadernos. Me recordaba un poco a mí en épocas universitarias. Sentí un extraño lazo familiar. Los tipos trataban de reanimarla, pero no había respuesta. Se acercaron dos trabajadores portuarios que estaban en una manifestación y llamaron a una ambulancia.

-Fijate si tiene pulso -escuché que dijeron. Me asusté bastante. Estuvimos todos algunos minutos esperando. La chica no daba señales de vida. En ese momento, hubiera dado cualquier cosa por una reacción de ella. Ella, una extraña de mi edad, tendida ahí, que yo no conocía y ni siquiera advertí en todo el viaje hasta que la vi desplomada. Me acuerdo de la expresión de su cara, que si bien parecía sedada, me daba la sensación de que por dentro estaba gritando, desesperada. La veía tan cercana. Caí en la cuenta de que podría haber sido mi hermana, o una amiga mía, o incluso yo misma. Ese pensamiento me aterró.

-No entiendo para qué nos hicieron bajar, tendrían que haber bajado a la chica. Ahora quién sabe cuándo viene el próximo colectivo... -, se quejó una mujer mayor. Le dediqué la mirada más despectiva que recuerdo haber dado en toda mi vida. Otros hicieron lo mismo.

Volví a mirar a la chica, que seguía sin reacción alguna. Le habían levantado un poco la remera y desabrochado un botón del jean para que pudiera respirar mejor. Yo estaba tan nerviosa como un familiar que recorre de lado a lado la sala de espera del hospital. Vi a uno de los hombres que atendía a la chica hacer un gesto negativo con la cabeza y se me erizó la piel.

-¿Cómo anda la joven?- preguntaron desde el montón.
-Se está muriendo, señora -contestó un pasajero parado a mi lado. Un incomodísimo escalofríos invadió mi cuerpo

-¿¿Qué??- me salió preguntarle.
-Está toda pálida. TODA. Esa chica se está muriendo -reiteró, con una facilidad para decirlo que me sorprendió y me molestó al mismo tiempo.

Escuché varias hipótesis que se desprendían de los testigos. "¿Habrá sido un paro?", "Yo vi que se agarraba la cabeza todo el tiempo durante el viaje", "qué raro! tan jovencita, ¿no?". Por dentro yo estaba llorando. Estoy segura que, en ese momento, ningún pasajero tenía tantas ansias como yo de ver que esa chica saliera adelante. Se estaba muriendo delante de mis ojos. Imaginé a toda una familia destrozada, muriendo con ella, sin haberles ocurrido nunca pensar que un día soleado ella iba a salir de su casa para ir a la facultad o algún lugar de trabajo e inexplicablemente su cuerpo se iba a rendir en un viaje de colectivo. Una vida interrumpida.
 Fue un momento de los pocos en la vida en que la muerte se te para enfrente y espera a ver tu reacción. Miré a la extraña con toda la angustia que me pesaba y me mantenía parada ahí desde hacía quince minutos, pero en un click se me fueron los miedos. Le pedí en mi mente que volviera a la vida, que sea fuerte y no se fuera, porque todavía quedaba mucho. Y que, si desde algún lado me escuchaba, moviera la mano o abriera los ojos. Pero todo seguía tan estático. El tiempo detenido. Sentí cómo mis oídos se apagaban ante el bullicio de la gente que seguía asomándose. Seguí mirándola fijamente. De verdad me bañé en fe para que esa chica se reanimara. La gente ya la daba por muerta, pero yo no me movía del lugar. 

Y entonces sucedió.
Vi cómo pudo mover su mano derecha abruptamente, por sopresa. Incluso levantó un poco el brazo. Nunca sentí tanto alivio en mi vida. Me volvió el alma al cuerpo. Yo sonreía mientras la veía hacer bailar sus dedos tímidamente. Una mano tan llena de ganas, tan llena de luz, tan llena de vida. Inesperadamente, perdió agilidad y se quedó de nuevo inmóvil, pero el gesto ya estaba hecho. La señal había llegado, desde algún lado o forma que todavía no entiendo. Lo único que supe fue que una inolvidable energía positiva invadió el lugar en ese momento, y me dejó tranquila. Fue como si ella hubiese despertado sólo para dejarme tranquila. Porque, por más de que no pudiera saber cómo sería el final de la historia, sabía con toda seguridad que se iba a recuperar. Había pasado mucho tiempo, la ambulancia no había llegado y si yo seguía ahí iba a perder mi trabajo, así que decidí caminar hasta la próxima parada.

Y así me fui, silbando bajito, feliz, y pensando en unos posts que había escrito 
durante los últimos días sobre lo inevitable de la muerte y que estaban próximos a ser publicados. Pero no voy a publicar nada todavía. Creo que tengo que rescribir algunas cosas. 

4 comentarios:

  1. Muy bueno! lo unico que te recomiendo es hacer un curso de RCP es la resucitacion que se hace en caso de paro... no te quedas mirando o abanicando sino que le salvas la vida! jaja un beso muy lindo post

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  2. Muy buen post! Me quedé aferrado a cada párrafo. Menos mal que todo salió bien! Saludos!

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  3. Quién sabe qué piezas había que mover, y se necesitaba esta medida extrema: interrumpir a alguien un ratito. Son cosas que suceden para que luego ocurra todo como debe... Por eso movió la manito. Para que te quedaras tranquila: era sólo una maniobra de la vida y sus caminos.

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  4. Siempre es inesperado cuando la muerte se cruza en nuestros caminos, ya sea de alguien cercano o un completo extraño. Incluso cuando sabemos que es inminente la muerte de una persona nos sorprende de todas maneras. Nunca estamos realmente preparados para enfrentarla, sin importar que tantas veces la hayamos imaginado o pensado. Es algo muy surreal, supongo que así se sintió lo que te tocó presenciar. Es imposible que no te haga reflexionar y replantearte ciertas cosas, cuando pasan cosas así es inevitable darse cuenta de que nuestras vidas son efimeras y que estamos acá con un tiempo limitado. Es una sensación bastante desesperante y depresiva pero al mismo tiempo nos hace poner ciertas cosas en perpesctiva, y a veces eso esta bueno. Tal vez por eso te tocó viajar en ese colectivo, quien sabe.
    De todas formas me alegro que la chica se repuso y que pudiste quedarte tranquila. Habla bien de vos como persona que hayas sentido tanta preocupacion y tristeza no solo por la vida de esa extraña sino también por la de sus seres queridos, que sin siquiera saberlo estuvieron cerca de perderla.
    Suerte Sole, que sigas bien!

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