miércoles, 21 de noviembre de 2012

El final

Hoy mientras esperaba el tren me acordé.

Segundo año de facultad. Me desperté sobre la silla del comedor de mi casa. Miré el reloj y daban las ocho y media de la mañana. Entré en pánico: el final comenzaba a las nueve y yo me había quedado dormida después de estudiar hasta no recuerdo qué hora. Improvisé un peinado, recogí todos los apuntes que ya habían conformado su propio imperio sobre la mesa y los metí como pude en la mochila.

Nueve y media llegué a la facultad. Mi corazón se aceleraba a medida que me acercaba a la puerta del aula. Sabía que el final era difícil y, peor aún, que el profesor era muy estricto con las llegadas-tarde. Era uno de esos de los que, te cayera bien o no, tenías que respetar. Abrí la puerta con la morosidad de quien carga una culpa. El profesor estaba sentado en su escritorio y al verme se puso de pie y pronunció mi apellido con tono de sentencia. Me tenía calada, como a todos. En las universidades privadas todos conocen hasta tu fecha de cumpleaños. Las cincuenta cabezas que hasta hacía cinco segundos estaban fijadas en sus respectivos exámenes se dieron vuelta hacia mí de manera sincronizada.

-Treinta y dos minutos tarde.
-Sí... perdón
-¿A usted le parece procedente que yo le entregue el examen después de haber llegado TREINTA Y DOS MINUTOS tarde?
-Discúlpeme...
-No siga pidiendo perdón. Esto no es una iglesia. Se le está cayendo una hoja de la mochila.

Hasta el más concentrado de mis compañeros de clase había parado de escribir para escuchar la conversación. Recuerdo que giraban la cabeza de una esquina del aula a la otra para seguir el ping-pong de contestaciones entre el viejo profesor y yo. Faltaba el balde de pochoclos.

-Lo siento, pero no puede rendir de esta manera, es una falta de respeto a las autoridades que preparan el examen para usted.
-No, por favor! Yo le explico...
-¿Qué me va a explicar? Espero que tenga algo para decir. ¿Por qué llegó tan tarde?

Fueron los cinco segundos más largos de mi vida. Sin saber la respuesta que iba a dar, un impulso me llevó a mirar a todos los alumnos que me estaban observando y comencé a ennumerar, para mis adentros: "Lomas, San Isidro, Vicente López, Palermo, Quilmes...", fui recordando las procedencias de cada uno de los chicos (porque, insisto, en la universidad privada todos nos conocemos) y cuando llegué al último, aseguré con toda la fe del mundo:

-El tren San Martín anda con demoras de media hora. Fue eso. Disculpe, pero seguramente no soy la única que llegó tarde por ese motivo.

El profesor me miró con cierta sorpresa y desconfianza. Me arrepentí al instante de haberlo desafiado.

-¿Alguien más se toma el tren San Martín? -preguntó  a la clase.

Las cabezas se movían en forma de no. Todas menos la de una chica, que me miró medio riéndose y con el entrecejo fruncido, como dándose cuenta de mi mentira. ¡Cómo pude olvidarme de ella! Vivía en zona oeste y siempre nos reíamos de los de zona norte que hablaban con una papa en la boca. Me puse nerviosa y deseé que no dijera nada, pero su sonrisa fue cómplice y me dejó tranquila.

-Bien, discúlpeme entonces, no sabía lo del tren. Puede sentarse. Venga a buscar el examen.

Camino al escritorio del profesor, desfilé frente al resto de la clase riéndome por dentro por portar el personaje de "la pobre chica que vive en el oeste y su vida es un piquete". Pero qué bien me sentí por mi capacidad de reacción y solución práctica. Rendí el examen muy tranquila. A las dos semanas, fui a buscar la nota. En el encabezado de página estaba dibujado un "8,5" con birome roja y una pequeña acotación al lado: "Perdón si la ofendí".



Lo importante no son las respuestas correctas, sino las buenas respuestas.