lunes, 28 de julio de 2014

Nunca Tires tus Juguetes

Cuando mi primo era chico, había un ritual familiar que lo aterraba. Una vez al año, sus papás le decían "Juan Pablo, salí del cuarto". Ellos irrumpían en su habitación como por orden de allanamiento, cerraban con llaves, y mientras el pobrecito esperaba afuera llorando sentado contra la pared, sus papás iban metiendo juguetes del cuarto al azar en una enorme bolsa de consorcio negra. No querían que su único hijo creciera en caprichos al tener más de treinta juguetes todos para el solo, y entonces le recordaban anualmente que la vida te da pero también te quita. Cada tanto nos salta a la mente esa anécdota y comentamos con mi primo la psicología horrible que ese ritual aplicaba, y cómo nosotros nunca haríamos eso con nuestros hijos.

Afortunadamente, mis papás nunca tiraron nada mío sin consultarme primero. Y, re-afortunadamente, yo no quise desechar muchas cosas. Hoy en día todavía tengo a mis juguetes más importantes conmigo. Por más que ya no juegue con ellos, mi conciencia está tranquila de saber que están ahí. Tirar esos juguetes sería como meter mis recuerdos en una bolsa para convertirlos en ideas lejanas y no en realidades que aún puedo tocar. Mi oso Felipe, mi dálmata Lucas, mis muñequitos baratos de cada Cajita Feliz y tantos otros bichos que me hicieron la persona más feliz de la tierra en algún momento. No los tiro porque cada tanto los revivo cuando me visitan mis primitos más chicos, y porque creo firmemente que los juguetes que no tiramos tienen la difícil tarea de recordarnos quiénes éramos. 


Cada maletín de la colección de Juliana (las chicas saben de lo que les hablo) me hacía creer que de grande iba a querer ser veterinaria, doctora, maestra o maquilladora. Cada máscara que me ponía (tenía muchas) era un viaje hacia algún personaje que creaba cuando ya estaba aburrida de ser yo misma. Cada instrumento de mentira que me compraba lo iba a terminar tocando de verdad muchos años después. Cada matrimonio que concreté entre mis Barbies y los Caballeros del Zodíaco de mis hermanos -por más de que ellas les llevaran 600 cabezas- era una linda manera de abrazar la infancia de ellos junto a la mía. Los juguetes nos unieron siempre mucho a los tres, porque nos enseñaron a compartir y jugar juntos, y envidio fuertemente a mi hermana por ser la más chica y así haber heredado en algún momento todos los muñecos de mi hermano y los míos  (aunque eventualmente sólo terminó jugando con los de mi hermano, porque era re pibe. Te quiero Micky).

Salí durante un buen tiempo con alguien que estudiaba Psicología, y no tardó en apuntarme que había algo de trauma en el hecho de que yo aún guardara mis juguetes de cuando era chica. Sin embargo, en algún punto lo entendió como una parte tierna que yo tenía, y cuando cumplimos meses me regaló una guitarrita eléctrica a pilas y un póster de Toy Story, que todavía tengo colgado en mi habitación.

No tires tus juguetes. O al menos todos tus juguetes. Y los que tires, que no vayan al tacho sino a las manos de un nene que pueda ser feliz con lo mismo que vos fuiste. De alguna manera se trata de hacer trascender nuestra infancia. Hay una remota parte de mí que todavía se rehusa a dejar de creer que mis muñecos cobran vida cuando salgo de la habitación, y eso es un poco lo que mantiene la magia de todo esto (y los que piensen que tengo problemitas por decir eso, qué pena que a ellos ya no les pase).

Cada vez que en mi casa me cruzo con ese viejo baúl lleno de estos juguetes, 
una extraña alegría disfrazada de nostalgia me invade por dentro. La otra vez decidí sacarlos de ahí y jugar con ellos para filmar un corto. No sólo me divertí muchísimo, sino que supe una vez más que, para algunas cosas, el tiempo no pasa.



PD1: con la opción HD se ve mucho mejor

PD2: esto no termina así, estoy trabajando en la segunda parte de la historia. Sepan que Woody es mejor que Buzz.