jueves, 27 de noviembre de 2014

Buenos Aires

"Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires", dice un viejo dicho. Resentido, por cierto. Pero verdadero.
Lamentablemente, pareciera que todo sucede solamente acá. Y lo digo con lamento porque siendo un país tan extenso y de una diversidad generosa, la atención se concentra en una ciudad minúscula en mayúscula, cuya vertiginosidad y ritmo acaparan todas las miradas y deja desdibujado al resto del territorio.
Ay, Buenos Aires...Vos no estás loca, es tu gente la que desvaría. La que te hace delirio, te construye grandeza, te juzga, te niega, te compara y te peligra. Pero qué lindas son tus calles, esas que esconden historias prensadas debajo de los adoquines. En tus esquinas descubro guiñ
os de París, Londres, Florencia, Barcelona. Sos una vorágine única de mundos ensimismados. Y tus plazas, tus barrios... tan distintos unos de otros. Porque puedo escuchar a alguien y reconocer, por su forma de hablar, si es de Almagro o de Recoleta.
Tus íconos. Todo empieza y termina en ese obelisco que representa a la perfección lo fálico de tu carácter. La calle Florida, esa pasarela majestuosa devenida en muestrario de arte kitsch en los últimos tiempos. Allí se puede captar la esencia del porteño, de paso apresurado y mirada alzada, pareciera que siempre está llegando tarde a algo. El ritual del celular al oído y la mano izquierda en el bolsillo. ¿Con quien habla? ¿Por qué grita? Sólo él lo sabe, y no lo comparte. Porque así somos los porteños. Ante todo, individualistas.
Tus galerías, tan imponentes, teñidas de Europa en cualquier detalle que encuentre. La Güemes de Cortázar; la Pacífico de las señoras adineradas que cubiertas de pieles espían de reojo su reflejo en las vidrieras; la galería Jardín, la preferida de los jóvenes, los que sabemos que sus secretos se esconden en el subsuelo.
Ay, Buenos Aires...Enamorarse de vos es un acto masoquista. Porque me das todo y me lo quitás en un segundo. En un tropezón te llevás mi paciencia, mi tolerancia, mi piedad, y mis ganas de superarte, a veces. Pero sin propósitos me regalás mucho más, a toda hora del día, porque si hay alguien que nunca descansa, sos vos.
Tratame bien, Buenos Aires. Conocí muchas ciudades magníficas en el mundo, y no encontré ningún reino como el que asoma en tus atardeceres de domingos a las siete.
A lo mejor esté equivocada, pero sé con certeza que sos algo distinto. Y sino, pregúntenle a Dios; por algo elije atender en Buenos Aires.



Parque Chas, mis callecitas preferidas
domingo en Palermo con amigas

martes, 25 de noviembre de 2014

Yo soy Otros

Con mis amigos tenemos este ritual todos los domingos a la noche de subirnos a mi auto, cargar nafta, e ir a pasear aleatoriamente por cualquier barrio de la ciudad. Pisar sus calles, sentir su aroma, inventar historias, observar a la gente, subirnos a los juegos de las plazas, ser un poco vagabundos.

Y esa noche habíamos dado unas cuantas pitadas, tantas que yo iba zigzagueando por avenida Del Libertador sin el más mínimo recaudo.
-Cuidado Sole...
-Tranquila... está todo legal...
-Jaja me encanta ir en auto con vos, me siento jugando al GTA.

Nos reímos. "Se me aparece" un auto delante de mí y lo esquivo rozando. Estuvo cerca. Veo luces. Veo luces azules. Están iluminando mi cara. Trato de apartarlas como si fuesen mosquitos. No entiendo. Los chicos reaccionan.

-Che, me parece que te están diciendo que frenes...
-¿Qué? ¿Quién?
-La policía... nos está haciendo luces, frená acá al costado.

Frenamos. El auto en cuestión frena al lado nuestro. Se baja un uniformado. Vemos mejor: son los de Seguridad Vial.


-¿Cómo le va señorita? La venimos siguiendo porque viene doblando raspando a los autos. ¿Tomó alcohol?
-No, no, no
-¿Me muestra los papeles del auto, su licencia y su cédula?
-Sí... ya va...

Simulo estar tranquila pero me tiemblan las manos. Busco la documentación en la gaveta y sólo encuentro cds. Agarro "Dónde están los ladrones" de Shakira. No, soltalo, no te están pidiendo eso. Buscá los papeles, tonta. Dale, tienen que estar ahí. Siempre están ahí.

-Acá están...
-A ver...

El tipo examina lo que le di con cara de seriedad. Me detengo a observarlo. Estoy por preguntarle por qué es uniceja. Shh, callate, no digas nada. Ahora te devuelven los papeles y te vas felizmente.

-Falta la cédula, señorita
-¿La cédula? Ah, sí... tomá...

Revuelvo mi cartera, abro mi billetera y le doy mi cédula de identidad.

-No, la cédula azul tenés que darme...
-No sé dónde la tengo
-Pero tenés que tenerla. ¿No la tenés?
-A ver, dame eso...

Le saco de las manos la documentación que le había dado. La incoherencia me pone prepotente. Separo la cédula de identificación del auto y le digo, en el tono más simplista, la siguiente frase que quedaría para la cargada de mis amigos:

-Acá está. ¿Ves? Acá dice: "Titular: Miguel Coul y otros". Miguel Coul es mi papá... y yo soy "otros".
-No, usted no es "otros".
-Sí, yo soy "otros"
-No, esto sólo es válido para el titular del auto, que es su papá. Usted tiene que tener la cédula azul siempre, esto que me dio no tiene validez.
-No, pero estoy segura que mi papá me dijo que esto servía! Cuando saqué el registro me dio esto. Porque yo soy "otros"!!!
-No, no sos "otros"!!

No sé cuánto tiempo estuve intentándolo convencer, de buena fe, que yo era "otros". No sé cuánto tiempo estuvo explicándome que tenía que tener mi propia cédula. Se sintió como media hora, aunque puede que sólo hayan sido cinco minutos. Y las luces de los autos pasaban a nuestro costado a toda velocidad. Y mis amigos contenían su risa en el asiento de atrás. Y yo ya ni sabía mi nombre, sólo se me había metido en la cabeza que yo era Otros. Esa era mi identidad en ese momento. Al final me dejó ir, pero no sin unas cuantas advertencias.

Hoy en la cena le dije a mi viejo que colgó en sacarme la cédula azul. Tiró boludo y cambió de tema. Quiero tener mi cédula. Una que diga mi nombre, pensé.