jueves, 26 de marzo de 2015

Volando alto


Es gracioso ver que cuando somos chiquitos, todo nos sorprende y parece asombroso. “¡Mirá, mamá! ¡Mirá ese auto!”, “qué flor más hermosa”, “esta torta es la más rica del mundo”, “mi papá es el más fuerte de todos”. Con el tiempo, nuestros ojos dejan de magnificar esos tiernos detalles, y corren su lupa a preocupaciones diarias que van apareciendo en nuestras vidas: un examen de matemáticas, una pelea con un amigo, un videojuego que queremos comprar, un viaje que queremos hacer. Ya no nos sorprenden los autos por la calle, ni pensamos que un postre rico es el mejor del mundo, ni nos detenemos a contemplar la belleza de una flor que forma parte del decorado del camino hacia nuestro trabajo. Porque no tenemos tiempo para detenernos ni ganas de contemplar, porque ya vimos demasiado, y ya nada es noticia. Crecemos y junto a nosotros crecen otras nuevas preocupaciones que se roban toda nuestra atención: organizar una fiesta, comprometerse con una persona, pagar una hipoteca, pedir plata a un tío, hacer trámites bancarios, tratar de evitar algo.
Y recién después de muchos, muchos (quiero decir muchísimos) años, cuando las arrugas invaden nuestro rostro y vamos cerrando todas esas cuentas pendientes que alguna vez tuvimos, nos encontramos de lleno frente a la vida otra vez, sin preocupaciones, planes ni tonterías que nos aten… como cuando éramos chicos.
Hoy a la tarde, mi abuelo vino a visitarme, y en un momento dado me llamó desde el jardín.
“Vení, ¡vení ya!”. Dejé la computadora y fui lo más rápido que pude hacia él, quien levantó la cabeza y señaló al cielo.
“Mirá ese avión… vuela altísimo! Ellos desde allá arriba nos deben ver como hormiguitas. ¿No?”.
Lo abracé fuerte, porque él no es demostrativo pero le gusta que lo abracen. Y lo envidié un poco sanamente, porque la mayoría de las veces que veo un avión ya no me pasa nada, y de chiquita me fascinaban. Y me asusta perder la capacidad de asombrarme de las cosas, de darlas por sentado, de tapar esa curiosidad innata con asuntos que ni siquiera son tan importantes.  Aunque viendo a mi abuelo sé que al final de nuestras vidas, afortunadamente no nos queda otra que hacernos cargo de toda la belleza que nos rodea. Y eso me deja tranquila.

lunes, 2 de marzo de 2015

En el Banco

Mientras el cajero me pedía claves e importes, escuchaba la conversación entre el chico que me sucedía en la fila con una asistente bancaria, quien indiscutiblemente había sufrido un flash amoroso con el pibe.
-Gracias, sos la primera que me atiende bien acá.
-Para eso estoy... ¿Y de dónde sos?
-De Adrogué, ¿y vos?
-Ah, ni idea donde queda...
-Es zona sur.
-Uh, pobrecito, ¡lejísimo! Yo soy de San Martín, zona oeste.
-Sí, conozco.
-¿Y trabajás acá en el centro?
-No, en realidad en Lanús, pero me vine a la central a hacer estos trámites. Me muevo mucho por Lanús más que nada...
-Ah, qué, ¿sos hincha de Lanús?
-Nooo, ¡jamás! Justamente de la contra... de Banfield

Dejé de tipear números. Me salió darme vuelta y decirle con descaro: "¡Yo también soy hincha de Banfield!". La gente de la fila levantó la cabeza para mirarme raro, como si fuese una chica con problemas sociales, y me avergoncé durante un eterno segundo en que el pibe tardó en responderme: "¿Si? ¡Vamos el Taladro!".
-Te juro que si decías que eras de Lanús, me cambiaba de fila- le respondí.

El chico se rió, la asistente nos miró como locos, y la gente de la fila se impacientó. Volví a mirar la pantalla y finalicé mi operación. El pibe lo sabe, y yo también: encontrarse con otro hincha de Banfield en Capital es como cruzarse a otro argentino en la India. Esas dulces casualidades en las que, de alguna manera, en cualquier circunstancia, un lazo inexplicable te ata a un extraño y es tu obligación hacérselo saber.