lunes, 6 de julio de 2015

Recuerdo haber pensado esto

En principio, preferiría encontrarte en la calle por casualidad. Una casualidad netamente planeada, dirigida, pensada desde el momento en que saliste de la facultad. Disfrazarme entre la muchedumbre que compra artesanías en esa plaza con los skaters de fondo, con la vista baja frente a las mantas de collares de colores, divisando de reojo tu ambo blanco a lo lejos. Ese momento exacto en que la vida te distrae con los auriculares puestos, emprendo mi marcha y me choco de frente con tu paso siempre apurado, topándome de lleno con tu desconcierto.
O quizás llamarte y sólo escuchar tu voz, y cortar. Y volverte a llamar. Y volverte a escuchar. Y cortar. Y volverte a llamar. Y así, hasta lograr que alguna palabra acobardada escape por fin de mi boca.
O ir a algún recital al que vayas, conozco tus bandas. Y también sé que tu lugar es en el último cuarto del estadio, lejos de la topadora de gente que salta desesperada. Ahí nomás, buscarte entre las cabezas. Entre la oscuridad que me engaña, aprovechando los flashes de los reflectores que facilitan mi camino por fracciones de segundo, y al verte improvisar un tropiezo que sería muy natural en mí, y tirarte la bebida encima.
O simplemente sentarme en la esquina de tu casa, como hice durante años, con la ilusión de que esa reja negra se abra y no sea ni tu papá, ni tu mamá, ni tus hermanos yendo a taekwondo. Que al fin seas vos. Y que me mires ahí sentada, y sin miedo me reconozcas. Y que no haga falta decirte nada.
Y cuando por fin hablemos francamente, te voy a confesar que odio las excusas, pero a veces las necesito. Y te vas a reír, o eso espero.
No puede ser tan difícil invitarte a salir.

2 comentarios:

  1. Interesante planteo, al menos para el que va dirigido...

    Además, ¿cuántos de nosotros (cuántas veces) habrá hecho algo similar...?

    Saludos

    J.

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