martes, 1 de septiembre de 2015

De almacenes, góndolas, y amor entre medio

Tengo la teoría -o más bien la certeza- de que el almacenero de mi barrio está enamorado de mi mamá. Pero no es un amor propiamente dicho, ni una atracción fatal (como puede ser el caso de mi depiladora con mi papá) sino más bien un suspiro, una visión idílica sobre su ser y la posibilidad de poder robarle, cada tanto, una sonrisa. Desde que nos mudamos a esta casa hace ya quince años, Héctor (reservo su verdadera identidad) la acomodó rápidamente entre sus clientas favoritas. Héctor es un tipo muy serio, parco, de expresión monosilábica, pero con mi mamá deja escapar una dosis de dulzura y amabilidad inesperada. Cuando ella lo visita y se acerca a pagar a la caja, en susurros él le confía los últimos chismes de los vecinos: quién se separó de quién, quién se accidentó, quién se fue de viaje y adónde, y hasta quiénes son sus deudores morosos. Lo cuenta de una manera muy discreta, sorteando toda la clase de códigos y gesticulaciones con las cejas para no ser entendido por nadie más; claro, ya dije antes que Héctor es un tipo serio. Y espera, a cambio, una cara de sorpresa por parte de mi madre que no tarda en llegar, aunque a los minutos se olvide de todo lo que él le ha dicho. Además, Héctor monitorea desde lejos todo lo que mi mamá va agarrando de las góndolas y le advierte luego cuáles productos bajaron de precio la última semana. El conoce perfectamente sus elecciones. Si mi mamá le pide una manteca, sabe que tiene que ser Sancor y no La Serenísima. Dudo que mi padre la conozca tanto. Y es celoso, muy celoso. Comprar en Carrefour para Héctor significa una traición, por lo cual ella tiene que andar haciendo malabares para descargar las bolsas rápidamente en mi casa sin que Héctor la espíe desde la esquina con un rostro decepcionado. En fin, tal atención le dedica Héctor a ella que cuando fue el boom de las galletitas Toddy, por ejemplo, él le encanutaba un par de paquetes antes de que pudieran desaparecer: "Te las guardé para vos... María Teresa...". Le encanta llamar a mi mamá por el nombre completo, como si se tratara de una escena de una telenovela mexicana. Ese tipo de gestos son sus pequeñas y cotidianas declaraciones de amor que mi madre, distraída por naturaleza, va a dejar pasar inadvertidas hacia el río del olvido.
Cuando yo piso el almacén siento algo extraño, porque de vez en cuando me habla, me hace comentarios sobre el último partido de Banfield, me tira un chistecito. Y ahí nomás me siento como la hija de una madre separada a quien el nuevo novio está tratando de comprarse con algún encanto.
La otra vez fui a comprar una prepizza para la noche y algo para la mañana siguiente. Me atendió la mujer de Héctor (claro que tiene mujer), quien es un poco lenta para las matemáticas, y para todo en general. Le pedí tres leches y se tomó dos minutos para traérmelas. Literal. A veces siento que Héctor la menosprecia, o no la valora, o simplemente no le tiene paciencia. Quizás sea por todo esto de que está enamorado de mi madre.

-Lo tuyo es..... catorce...... más.... tres leches.....que son.... trece cada una.....
Héctor intervino desde atrás revoleando los ojos y con tono despectivo.
-Cincuenta y tres, Silvana. Cincuenta y tres. 


Con cara avergonzada, Silvana procedió a acomodarme los sachets de leche entera en una bolsa. Héctor le dedicó una mirada fulminante, y, tras un puñetazo inesperado contra el mostrador, giró la cabeza hacia su señora, y con su voz ronca lapidó a bajo volumen para no perder la calma:
"MARIA TERESA LAS LLEVA DESCREMADAS...".