jueves, 24 de noviembre de 2016

Mis amigas y las redes sociales

-Está soltero y gordo.
-Dejá de stalkearlo
-No puedo
-¿Qué ganás?
-No sé, yo siempre tengo que stalkear a los tipos con los que salí. Necesito saber si progresaron, en qué andan...
-Al pedo!
-¿Nunca te preguntás "Qué será de la vida de..."?
-La verdad que no. Yo nunca pienso en mis ex. Como que ya está, a otra cosa. Si son felices mejor, pero sinceramente no me interesan más. Por algo dejás atrás a ciertas personas. Aparte dale, tenés a "E" que es un divino... mirá si vas a ponerte a fijar en qué anda todo lo que alguna vez no funcionó.
-Ay, bueno chicas, no sé. Ustedes me conocen, yo no soy muy sana. En fin, no saben la cartera que me compré...

martes, 15 de marzo de 2016

Escribiendo de corrido

Por primera vez siento que estoy demasiado bien en todos los aspectos de mi vida. No me puedo quejar de nada. Es más, justamente por eso debería cerrar este blog, porque ya no tengo de qué quejarme. ¿Debería disfrutar de este momento? ¿Y si de repente todo lo bueno se termina? ¿O es un rato llegó para quedarse por un buen rato? Siempre fui muy relajada, pero ocurre que ahora que tengo todo para relajarme no puedo hacerlo, porque tengo miedo de echarlo a perder. Igual se me ocurre pensar que la naturaleza del ser humano no es más que angustiarse en esta lucha contra el tiempo a la que llamamos vida. Esto de atentar contra lo efímero para convertirnos en eternos mediante actos, palabras, gestos. Así que reformulo: ¿debería relajarme sabiendo ya que nacimos condenados a sufrir de todas maneras? ¿O debería abandonar todo, ahora que sé que nacimos condenados a sufrir de todas maneras? Basta, basta de planteos existencialistas. Y de vueltas de tuerca a la Historia, ¡cómo me divierte imaginarme situaciones que jamás sucedieron! Por ejemplo, la otra vez me puse a pensar que si Rómulo hubiera caído ante Remo, Roma no sería Roma sino "Rema", y sus ciudadanos serían los remanos, lo cual me remitiría a hombres con manos gigantes, y por ende no podría dejar de pensar tal ridiculez cada vez que escuchara ese gentilicio. Es una maldición cómo me cuelgo formulando hipótesis absurdas en momentos de suspensión como cuando subo un ascensor de muchos pisos, o cuando espero en el andén a la mañana. La otra vez me colgué tanto que perdí el tren delante de mis ojos. Lástima que me la haya olvidado a los diez minutos, pero juro que era una teoría que iba a cambiar al mundo de una forma u otra.